
La lactancia materna es mucho más que alimentación. Es un sistema inteligente, dinámico y profundamente conectado con la salud del bebé. Una de las capacidades más sorprendentes del cuerpo materno es su habilidad para modificar la composición de la leche cuando el bebé está enfermo, ofreciendo una protección específica en el momento justo.
Este fenómeno, respaldado por la ciencia, demuestra que la leche materna no es estática: se adapta continuamente para cubrir las necesidades reales del bebé, especialmente durante episodios de enfermedad.
Cuando un bebé se enfrenta a una infección —ya sea respiratoria, digestiva o viral—, su organismo envía señales biológicas que la madre recibe de forma casi inmediata durante la lactancia. Estas señales desencadenan cambios en la leche, que pasa a actuar como una barrera inmunológica viva.
Durante estos periodos, la leche materna incrementa la presencia de componentes defensivos que ayudan al bebé a combatir la enfermedad de manera más eficaz, reduciendo la gravedad de los síntomas y favoreciendo una recuperación más rápida.
Entre los principales cambios destacan:

La adaptación de la leche materna es un proceso altamente preciso. Al amamantar, existe un intercambio microscópico entre la saliva del bebé y el pezón, lo que permite al cuerpo materno identificar los patógenos presentes.
Como respuesta, la leche ajusta su composición para fortalecer el sistema inmunológico del bebé:
Este ajuste no solo actúa a corto plazo, sino que también contribuye al desarrollo del sistema inmunitario del bebé a largo plazo.
El cuerpo materno funciona como un auténtico sistema de detección temprana. Cuando el bebé está enfermo, la leche materna refleja esa información mediante cambios medibles en su composición.
Algunos indicadores frecuentes son:
Todo esto ocurre de forma automática, sin que la madre tenga que hacer nada consciente para activarlo.
Durante la enfermedad del bebé, la lactancia cobra un valor aún mayor. Para favorecer este proceso natural, es importante cuidar también del bienestar materno.
Algunas recomendaciones prácticas:
La lactancia no solo aporta defensas, también calma, hidrata y reconforta al bebé cuando más lo necesita.

El contacto piel con piel durante la enfermedad es una herramienta poderosa. Ayuda a regular la temperatura del bebé, reduce el estrés y estimula la liberación de hormonas que favorecen tanto la recuperación como la producción de leche.
Amamantar a demanda durante este periodo permite:
Sí. Diversos estudios han demostrado que la leche materna modifica su perfil inmunológico en respuesta a infecciones del bebé, aumentando defensas específicas frente a ese patógeno.
La respuesta suele ser rápida. En muchos casos, los cambios comienzan en cuestión de horas o pocos días tras el inicio de la enfermedad.
La clave es amamantar con frecuencia y a demanda. Cuanta más información reciba el cuerpo materno a través de la succión, mejor podrá ajustar la composición de la leche. Una alimentación equilibrada y buena hidratación también ayudan.

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